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La ruta de la seda y un atajo de dos años

A conquistar la India con una sola bala

Redactor, Director Creativo freelance.

Bienvenido a este escaparate virtual para mi trabajo como redactor y documentarista. En esta páginas encontraras artículos originales acompañados de fotografía, vídeo, audio para radio como ejemplo de mi trabajo y mis aficiones.

Con base en Londres, realizo reportajes, documentales de viajes, cultura y deportes del motor, concretamente motociclismo. Acepto con gusto y entusiasmo comisiones de reportajes con texto y gráfica o ambos por separado y no tengo inconveniente en viajar a lugares remotos, de complicado o difícil acceso.

Para discutir acerca de ello, hacer una propuesta, pedir recortes, sugerir títulos o editores que quieran recibir propuestas de artículos, o solicitar más información sobre mi trabajo como redactor o como publicitario, no dudes en ponerte en contacto escribiendo a la dirección de correo electrónico siguiente:

irta62ARROBAhotmail.com

Gracias por tu visita

Fernando.

Asesinando la música.

Lahore, como muchas de las ciudades Pakistaníes es un lugar fascinante del que, cuando llegué allí, descubrí no saber casi nada. Esconde alguna de las más grandes y bellas Mezquitas del Islam, bazares donde la vida transcurre como lo hiciera en el siglo XVI, hoy con la asistencia del Internet, motocarros y teléfonos móviles. Pasé por allí hará ahora unos tres años, en mi recorrido en moto por Asia y asistí casi hipnotizado a las fascinantes reuniones de música religiosa Sufista. Las mismas que ayer sufrieron un atentado fundamentalista que se ha saldado con medio centenar de muertos, docenas de heridos y una herida más en la convivencia de la gente pacífica y sus culturas.

Visitaba Pakistán de Este a Oeste tras haber rodado por el Centro y Sureste Asiático. Procedente de la India, cruce por el único paso fronterizo abierto entre India y Pakistan, el paso de Wagah. Allí tiene lugar un curioso evento cada atardecer, a las seis de la tarde, los cuarteles del ejercito Indio y Pakistaní bajan las banderas de sus respectivos países y clausuran el paso hasta las 10 de la mañana del día siguiente. Lo curioso es como lo hacen. En cada lado de la frontera se congregan turistas y locales para ver la llegada ceremonial y marcial de ambas guardias ataviadas con sus más coloridos, resplandecientes y espectaculares uniformes en formaciones geométricamente perfectas y filarmónicamente orquestadas.

Un pulso marcial, un reto de espectacularidad castrense que se ha convertido en un espectáculo de renombre internacional. Sobre el parece que restan el orgullo de ambos países y reflejan la animosidad que hay entre ellos desde los días de la independencia y particion. En el, los ejércitos de ambos intentan ningunear, desdeñar a su vecino con ensayados, elaborados y perfectamente sincronizados desfiles, movimientos y órdenes militares. Espectacular y sin duda exótico espectáculo que te deja perplejo y con la sensación de haber visto a un pavo real, ufano y orgulloso queriendo espantar desplegando y sacudiendo su plumaje a su reflejo en el espejo.

Unos cuantos kilómetros a cada lado de la frontera quedan dos ciudades del hoy dividido Punjab, a cada cual mas fascinante, Lahore en Pakistán y Amritsar en La India. Antes de llegar a Lahore no sabia gran cosa acerca e ella, había oído hablar de la bellísima Mezquita del Sultán, de los bazares y de la música de Nusrat Fateh Ali Khan, el Qawali (o Qawwali).

Jabones al por mayor en el bazar de Lahore

Los bazares de Lahore, como muchos de los del resto del país son una mezcla de tiempos y costumbres que sorprenden. Allí se pueden encontrar fábricas de condimentos, escabeches, curtidos, conservas, mezclas de especias molidas. Crujen la fruta, cocinan su pulpa, mezclan las especias y cierran latas y barriles como lo han hecho durante siglos en estancias centenarias. Manufacturas de jabón hecho todavía con sosa y grasas que, almacenados, apilados en grandes bloques, parecen pastillas de jabón lagarto del tamaño de una caja de fruta esperando a ser cortadas con un cable de metal, como el queso, y vendido a peso a clientes quienes, mientras deciden, consultan con sus socios o familiares por el teléfono móvil. Telares, alfombras, tabaco, arguilas, tristes pajaritos de colores ofrecidos a comerciantes y clientes desde bandejas cubiertas con redes por vendedores ambulantes. Eso, y mil y una otras mercancías.

La vida de Lahore aun es la vida de su bazar. Entre sus callejuelas ruidosas, polvorientas y algo sucias, además de fábricas puestos, negocios, baños se encuentran pequeñas y no tan pequeñas mezquitas en las que puntualmente vocean las alabanzas para que no se olvide nadie de las horas de oración y frente a las que fieles comerciantes y mercaderes se frotan con agua de pies a cabeza antes de asistir a ellas. Lahore tiene alguna de las mas bellas mezquitas del Islam.

La mezquita del Emperador, la mezquita de Badsahi es un Taj Mahal a la fe musulmana, encumbrada por tres cúpulas de curvas delicadas en contraste y perfecta armonía con la rigidez geométrica del edificio que las sustenta, cubierto de arabescos cerámicos con sinuosas inscripciones del Corán entre filigranas angulares. Por los rincones de los bazares te topas con otras mezquitas, como pequeños descubrimientos, que si bien menos imperiales esconden tesoros para los sentidos. Humildes pero no envidiosas de su grandiosa vecina.

A diario una hilera de ciegos camina cantando alabanzas, pidiendo limosna, uno tras otro, con la mano recostada en el hombro del que le precede para no perderse entre el gentío, en una escena como la que pintara Bruegel el viejo en la parábola de los ciegos. Las costumbres del pasado comparten el presente en Pakistán.

El presente parece haberse estirado para dar cabida a diferentes épocas y tiempos que coexisten amable y fascinántemente allí. Contra ello, en mi opinión, atentan aquellos que ponen bombas y asesinan en nombre de su fe o su causa o su locura. Contra ello y claro, contra las gentes de bien que mueren, sufren, o quedan condenadas a vivir marcados, mutilados y traumatizados. Por ellos, los intolerantes que se otorgan a si mismos la razón y que con la razón de su lado la imponen fanaticamente a todos a su alrededor.

La música y poesías Sufistas que encontré en Lahore fueron un gran descubrimiento. Una puerta hacia un arte y una cultura que ignoraba completamente y que se abría para descubrir un museo enorme y fascinador. Cada dos semanas tienen lugar en los alrededores de la ciudad amurallada reuniones de fieles y amantes del Qawali. Se reúnen a hacer música a través de la cual intentan entrar en un éxtasis que les acerque a la divinidad, que les permita llevar su oración y mensaje a su dios. Muchos consumen hashis, otros no necesitan o siquiera lo ven bien, pero lo toleran. El ambiente es amigable, todo el mundo es bienvenido y se nota el deseo de agradar y cumplimentar al visitante.

Las composiciones, que son de alguna manera oraciones, me recuerdan en cierto modo al Jazz. Sobre una estructura y una melodía o canción conocida o propuesta los diferentes músicos improvisan en turnos o a un tiempo creando combinaciones irrepetibles, casuales y a veces sublimes. Nunca había asistido a un arte de lenguaje tan ajeno como nuevo para mí que sin embargo parecía comprender y disfrutar sin esfuerzo. Las escalas de los armonios, la percusión de las tabla y de las espadas golpeadas hoja contra hoja para crear ritmos de originales cimbalos; los brazaletes de cascabeles en los tobillos de los cantantes que sonaban conforme bailan y pisotean el suelo. Sus ritmos cambian gradualmente, vertiginosamente a veces. Entre cadenciosos y relajantes a delirantes y desatados. La audiencia participa. Gritan frases que encuentran eco aquí y allá, incomprensible para mí. Se abrazan. Lloran. Con brazos extendidos a los lados o al aire giran y se contornean como marionetas a los hilos de la música. Pese a lo ajeno de todo aquello, se tiene la sospecha, la sensación de que algo pasa, de que no son solo los instrumentos los que se tocan sino toda la audiencia que participa del acto, frenéticamente igual a ritmo lento o desenfrenado.

Camion Paquistani

Los singulares camiones Paquistanis, arte gráfico sobre ruedas

El ritmo de la música y el cansancio del éxtasis nos devuelve a todos a la calma y aquello que súbitamente había subido como la leche cuando hierve, regresaba a su calma natural el instante en que se retira del fuego. La tradicion Sufi de Qawali existe y se cultiva desde el siglo XI, nacida al mismo tiempo y de los mismos origenes que la música tradicional Hindú. Las audiencias que asisten a estos actos, los Sufistas y simpatizantes son tolerantes y dan la bienbenida a todos quieran acompañarles, musulman o no. Durante mi estancia en Lahore oí infinidad de comentarios de cómo entre fundamentalistas y el ejército se encontraba la mayoría de los pakistanís atrapados en la pobreza cultural y economica, estancamiento del progreso y la más absoluta falta de libertades.

De entre todas las regiones pobladas por musulmanes con las que he tenido contacto o noticia, en Pakistán habitan varias de las más tolerantes y progresistas. Lo que no quiere decir que vivan o pretendan vivir como en occidente. Sin duda algunas de las más abiertas y sinceras donde los valores de las personas y convivencia se me antojaban iguales a los nuestros, incluido el trato a las mujeres. Aun recibo correspondencia, si bien esporádica, de alguno de ellos, alguno que valientemente me ayudo mientras el resto callaban por el miedo cuando me detuvo la policia secreta Iraní. El miedo les va comiendo terreno, los fundamentalistas restringen sus libertades y sofocan su cultura. Pronto solo quedaran por los bazares de Lahore y Pakistán, en las mezquitas, en sus iglesias histori¡cas, en los recintos culturales e instituciones aquello que ellos aprueben y controlen y el resto desaparecera como si nunca hubiese existido. Una de las tragedias mayores de nuestros días.

Mercaderes en el Bazar de Lahore, Pakistán

So long easy rider, el cine y las motos te van a echar de menos.

Denis Hopper actuó ayer su ultimo día entre nosotros. Los amantes del cine y los amantes de las motos estaremos siempre en deuda con él. Fue su película Easy Rider la que certificó para siempre que los que buscan la libertad a menudo salen a buscarla en moto. Fotógrafo visionario y loco en Apocalipsis Now, camello algo esquizofrénico en Easy Rider, sus papeles más memorables son extremos y apasionados como su vida, de la que abusó sin respiro hasta ayer. A continuación reproduzco el articulo que escribí acerca de Easy Rider, película en la que actuó como protagonista, director y productor y probablemente por la que se le recuerde por más tiempo. Una película que cuenta de su autor tanto o más que de sus protagonistas.

Se puede llamar “easy rider” a quien monta en moto por placer, sin preocupación, al que va por la vida a lo suyo, sin estorbar al prójimo. También se dice del que chupa rueda, del polizón, de aquel que viaja por la cara y la expresión se ha extendido a los aprovechados. A principio de siglo llamaban “cee cee riders” a los vagabundos que viajaban de estrangis en los trenes de mercancías, en vagones marcados C C (de cargo car) y hay quien sostiene que el apelativo degeneró o se confundió con easy rider. En sus Blues tempranos Ma Rainey y Blind Lemon Jefferson cantaban los lamentos de amor de aquella a quien su amado no correspondía pero vivía a su costa, su easy rider. Los años del amor libre vieron en las comunas a mucho easy rider, vagos sin ideales atraídos por la bonanza de sexo y la vida fácil. Así les fue.

Easy Rider es la historia de dos jóvenes que salieron en moto a buscar América y no la encontraron por ningún lado. Tiene como protagonistas a dos camellos de Los Ángeles que cierran una operación de contrabando de drogas de envergadura para retirarse, probablemente donde se retiran los americanos de clase media, en Florida. Consumado el pase desde México, tras contar el dinero con el que financiar su Sueño Americano, lo esconden en el depósito de una de las motos. Literalmente montados en el Dólar y al son de “Born to be Wild”, ponen rumbo al este hacia una nueva vida de porros, paz y pereza.

El rodaje fue leyenda. Muchos de los que intervinieron en la película lo hicieron por las vibraciones y entusiasmo de su directores y protagonistas, Hopper y Fonda. Comenzó con un ensayo durante el Carnaval de Nueva Orleáns destinado a impresionar al estudio que les financiaba. Hopper reunió allí a sus amigos, les contó el proyecto y sorteó los puestos del equipo de rodaje en voz alta: “A ver, ¿quién quiere ser ayudante de cámara…?” Y así sucesivamente. Previsiblemente, el resultado fue desastroso.

Por ello, y por suerte, Terry Southern se encargó del guión y de contratar a Paul Lewis quien tomó las riendas junto a un equipo profesional. Lo que no impidió que se lo pasaran de cine: Bill Hayward, el Productor Asociado cuenta que compró un kilo de Marijuana que se consumió durante el rodaje y asegura que cada porro que se ve puede que tenga cartón, el del filtro, pero no trampa. Doña María escribió, sin duda, varios de los diálogos: Hanson, el abogado del Movimiento para las Libertades Civicas al que da vida Nicholson, fuma su primer canuto en compañía de sus nuevas amistades y le da por hablar. Con detalle y fe total explica como los Venusianos, instalados de incógnito en nuestro planeta, están ayudando a la humanidad a progresar pacíficamente. Por si fuera poco, en medio del improvisado diálogo, sin ton ni son explota de risa. Y por si quedase duda del significado de la escena la letra de la canción que soporta la siguiente escena proclama: ¡No te lo apalanques, pasa el canuto ya!

Las cosas se pusieron feas en más de una ocasión. Como cuando decidieron rodar la escena en el Río Grande en unas pozas valladas con tan solo los operarios imprescindibles por que las actrices se negaron a bañarse desnudas delante de todos. Para prevenir, en caso de que apareciera alguna serpiente que son abundantes en la zona, al ayudante de cámara le dieron una pistola. Cargada, claro. Repentinamente, en lo tenso del rodaje, una de las actrices rompió a gritar apuntando a lo alto del muro mientras huía de la poza. En la confusión el asistente levanto el revolver disparando a bocajarro hacia allí done asomaba el productor ejecutivo, Bert Schneider, que quería saber como iba el rodaje. Por suerte para Bert, erró el tiro.

Easy Rider se rodó a meses de los asesinatos de Martin Luther King y John F. Kennedy durante un tiempo en que en los estados del sur las pasiones por los viejos hábitos estaban encendidas. En la celda en la que los protagonistas conocen a Hanson, este admira la suerte que tienen de coincidir con el, que es abogado del Movimiento de Libertades Cívicas, pues asegura que allí pelan a los todos los hippies que pillan con una cuchilla de afeitar oxidada. La historia fue incluida en el guión por Hopper, miembro del Movimiento en la vida real y que escuchó a varios de los hippies con quienes se encontraron durante el rodaje quienes les advirtieron de pasar por Tejas con muchísimo cuidado. Llegados al borde del estado de Tejas, prudentemente, Hopper decidió saltárselo.

Lo más escabroso llegó durante el rodaje de las escenas en el café de Morganza, en Luisiana, donde paran a comer los tres protagonistas. Hopper insistió en usar a los habitantes del pueblo como actores, provincianos sin reservas para mostrar el asco que tenían a Hopper y compañía. Era precisamente eso lo que Hopper quería capturar. Para conseguirlo les invitó a decir lo que pensaban de ellos con la cámara rodando y para asegurarse de que los lugareños iban a sincerarse añadió a su comentario los detalles de como habían violado a una niña a las afueras del pueblo. Laszlo Kovaks, el Director de Fotografía, confiesa que pasó miedo durante el rodaje en Morganza.
¿Emplearían cuchillas oxidadas también en Luisiana? Se estaban jugando el cuero cabelludo en el único Estado de la Unión donde la ley presume culpable al acusado hasta que prueba su inocencia. Además, teniendo en cuenta el kilo de atrezzo que llevaban para las escenas de colocón, si les registran…

El café era todavía, a finales de la década de los sesenta, un local segregado. Esto es, que aceptaba clientes de color pero separados de los blancos. Algunos de los miembros del equipo de rodaje se instalaron en la parte reservada a personas de color por que había mejor ambiente y un tocadiscos tragaperras. Comenzaron a bailar entre los clientes lo que provocó que el Ayudante del Sheriff, Arnold Hess Jr, amenazará al director de producción diciendo que o los sacaba de allí ya o los encerraba a todos. El Sheriff que se ve sentado en el café hablando con el hombre de la gorra amarilla es el mismísimo Arnold Hess Jr.

Por suerte el rodaje terminó sin más contratiempos. La Banda sonora se encargó a Crosby, Stills y Nash. Estos vieron la película ya en su corte final con la música que Hopper y Fonda habían usado provisionalmente que incluía canciones de sus colecciones de discos. Hendrix, The Band, Karol King, The Birds y Bob Dylan entre otros. Lo que se escuchaba entonces en la radio y que fueron seleccionadas para complementar con sus versos las imágenes de la película. Según cuentan, boquiabiertos, los tres músicos dijeron que no se sentían capaces de mejorarlo y la selección de discos de sus protagonistas quedo como definitiva banda sonora, tras la negociación de Hopper y Fonda para conseguir su inclusión.

Libres de ataduras, los protagonistas de Easy Rider recorren el país en dirección contraria a la que lo hicieran los colonos de la América del Norte dándoles la oportunidad, a ellos y a nosotros los espectadores, de ver el país que había resultado. A lo largo del recorrido Billy y Wyatt encajan igual de mal entre los garrulos de Luisiana, con el adinerado traficante de drogas o entre los integrantes de la comuna libertaria. Easy Rider es una película revolucionaría cuyo sentido está abierto a la interpretación y de la que a veces oyes preguntar por su significado. El personaje de Nicholson nos da una pista cuando describe el miedo que muestran los habitantes de Morganza a lo que Billy (Hopper) y Wyatt (Fonda) representan y recuerda que una cosa es aspirar a ser libre y otra tener coraje para serlo.